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El mito mundialista de la migración en Rusia 2018

 Foto: Getty
PERÚ EVENTOS EN VIVO 09/07/2018.- POR ROBERTO CASTRO /  DESDE KAZÁN RUSIA Se habla mucho sobre el efecto de los flujos migratorios en los equipos semifinalistas de la Copa del Mundo. ¿Pero es una historia realmente nueva para los seleccionados en cuestión o sólo sucede que hoy sus —diversos— recursos futbolísticos están mejor optimizados que en otros mundiales?

La influencia de la migración es la variable explicativa de moda para el éxito de los seleccionados semifinalistas de la Copa del Mundo 2018. Se ha construido en la prensa internacional indicadores étnicos de primera y segunda generación, y hasta se abunda en debates éticos sobre cuán discriminatorio resulta seguir hablando de las raíces de futbolistas que nacieron en los países a los que hoy representan, por lo cual se esgrime que su nacionalidad no tendría por qué constituir un tema de comentario.

Lo cierto es que tales discusiones pueden ser eternas y futbolísticamente influirán poco al lado de lo más relevante: cómo cada selección es capaz de optimizar su variedad recursos para lograr resultados. Y en ese sentido, una pregunta válida es cuánto y cómo ha afectado ese flujo migratorio a los estilos históricos de las selecciones que se entiende han experimentado un impulso positivo a partir de la mayor diversidad étnica en su espectro de futbolistas convocables.

Para responder esta pregunta puede ser útil comenzar por lo que la literatura económica llama el caso especial. Croacia no sólo es el outsider futbolístico de las semifinales; también es el único de los cuatro seleccionados sobrevivientes en el Mundial que no presenta migrantes o descendientes de ellos en su plantel. Lo curioso es que los vatreni, en sí, pueden ser considerados la escisión de un estilo a partir de lo étnico; ya desde sus albores futbolísticos, con aquel gran equipo que quedó tercero en Francia 1998, los Suker, los Boban y los Prosinecki dejaron claro que el fútbol técnico pero recio de la antigua Yugoslavia era una cosa y lo de ellos resultaba, en tono con su origen más latino y menos eslavo, un fútbol más alegre y dinámico. Ese patrón es respetado dos décadas después por los Modric, los Rakitic y los Mandzukic, que hasta puede decirse son todavía más vistosos a partir de su roce en ligas que promueven ese tipo de fútbol.

Para seguir con las curiosidades de Croacia a partir de lo étnico, cabe recordar que fue uno de los primeros seleccionados europeos en naturalizar un sudamericano como eje de su ataque: el brasileño Eduardo da Silva, a quien una década atrás una grave lesión nunca le dejó brillar con camiseta ajedrezada. Resulta llamativo pensar que fue otro brasileño, pero con camiseta de Rusia, quien estuvo a punto de dejar a los balcánicos sin semifinales: Mario Fernandespasó de héroe del anfitrión con su gol de empate en la agonía del suplementario a villano tras errar su disparo en la tanda de penales. En esta última, el protagonista fue un hombre cuya carrera sabe de obstáculos a partir del origen: Danijel Subasic, el golero que atajó lesionado la definición, es croata de etnia serbia nacido en Zadar, ciudad que fuera bombardeada por los aliados a finales de la II Guerra Mundial a instancias de Josip Tito. El año pasado pudo por fin casarse con Antonije, su amor adolescente y quien hace una década fuera apaleada por su propio padre —ultranacionalista croata, que acabó preso por el hecho— por estar en pareja con el golero.

Lo concreto es que esa Croacia sin mucho componente migratorio pero resguardada por un gran portero protagonista de una reivindicación personal compite por el título con otros tres seleccionados que sí están integrados en alta medida por futbolistas de origen multiétnico. Se habla sobre todo de Francia, con 18 de 23 jugadores con ancestros de otros países; ¿pero realmente difiere demasiado esta situación de su trayectoria histórica?

Ya desde el primer equipo mundialista galo que participó en Uruguay 1930 se contaba como gran figura a Alexandre Villaplane, nacido en Argelia —por entonces aún dependencia — y quien años luego acabara ejecutado por colaborar con las fuerzas nazis. Just Fontaine, el gran goleador francés de Suecia 1958 y único futbolista que ha marcado trece tantos en una sola Copa del Mundo, nació en Marruecos, que había logrado su independencia dos años antes. A Michel Platiní, Zinédine Zidane y ahora Kylian Mbappé los unen dos hechos: haber glorificado la camiseta bleu ’10’ en mundiales y ser los tres hijos de padres no franceses —Platiní de italianos, Zidane de argelinos y Mbappé de madre argelina y padre camerunés—. Y hay más: se habla mucho del equipo francés campeón del mundo en casa en 1998 con cuatro de 22 futbolistas nacidos fuera de las fronteras de la Francia continental… pero muy poco de la Francia anfitriona del Mundial 1938 con doce de 22 futbolistas nacidos fuera del mismo espacio.

Entonces, ¿no será más bien que a esta Francia de 2018 se la asocia con un juego más de corte físico por un tema puntual de convocatoria antes que por un componente migratorio que no es novedoso? Didier Deschampsdecidió, luego de perder la Eurocopa 2016 en casa, dejar afuera de la nómina a los jugadores talentosos —Alexandre Lacazette, Dimitri Payet, Adrien Rabiot entre otros— y priorizar la presencia física, la potencia como requisitos para la aventura rusa. El 4-3-3 de Deschamps que en pleno partido se reinventa una y otra vez como 4-trapecio-2 o 4-3-2-1 exige futbolistas de esas características.

El caso de Bélgica, con 11 de 23 seleccionados con ascendencia multiétnica, también merece algunas desmitificaciones. Se compara mucho la composición del equipo actual con el que quedó cuarto en México 1986, con Jan Ceulemans y Vincenzo Scifo como estandartes. ¿Pero no se parece más futbolísticamente a aquel célebre equipo dirigido por Guy Thys esta oncena actual de Roberto Martínez que la que en 1998 y 2002 participó en los mundiales de Francia y Corea/Japón con los hermanos belgo-congoleños Émile y Mbo Mpenza como estandartes? Se decía, por entonces, que tener a dos jugadores de biotipo africano en el ataque de los ‘Diablos Rojos’ les daría la potencia de la que habían carecido antaño; construyeron su esquema en función de ambos, quienes no dieron fuego y vieron a Bélgica quedarse eliminada en Francia en primera ronda y en Corea/Japón, en octavos de final.

Así, si a Romelu Lukaku —también hijo de padres congoleños— le va mejor con Bélgica que a los Mpenza es, quizá, porque su carrera le ha permitido un mayor roce competitivo —ocho temporadas consecutivas en la Premier League—, y al fin y al cabo porque el equipo tiene una propuesta futbolística menos pensada en función de él y más ideada para que un goleador de sus características encaje en un colectivo bien afiatado y así se exploten mejor sus condiciones. Es parecido a lo que le sucede a Inglaterra, que en tiempos del brexit también cuenta con 11 de 23 futbolistas con raíces multiétnicas, lo que en su caso puntual sí significa una diferencia respecto de su patrón histórico.

No obstante, el análisis futbolístico elemental sigue ofreciendo evidencia contra la tesis migratoria incluso para el caso de los Three Lions. ¿Alguien sensato podría decir que Dele Alli —nacido en Milton Keynes de la unión de un padre nigeriano y de una madre que tuvo otros tres hijos todos de distintos padres— tiene per semejores condiciones biotípicas para el cabezazo con que le anotó a Suecia que la mayoría de futbolistas que pasaron por la función de volantes creativos en la historia de la selección inglesa? Simplemente sucede, como ha sido de amplio comentario en estos días, que el equipo de Gareth Southgate ha desarrollado una capacidad de sacar provecho del balón parado a partir de técnicas importadas de otros deportes como el básquet o el rugby, así como del trabajo con big data.

Estas líneas se escriben desde Kazán, ciudad en la que coexisten las etnias rusa, eslava y tártara y donde a inicios de este siglo el artista y filántropo Ildar Khanov comenzó la construcción del llamado Templo de Todas las Religiones, una estructura fastuosa que tiene por objeto reunir bajo un mismo complejo arquitectónico a pequeños lugares de adoración de las dieciséis creencias más difundidas del mundo, en señal de homenaje a la multiculturalidad tolerante kazana. Es una forma de optimizar de manera inteligente un recurso existente —la diversidad— y convertirlo en atractivo turístico. Es una foto del momento.

En la misma línea, no es muy distinto de lo que han hecho los entrenadores de los equipos semifinalistas: disponer de los recursos que tenían a mano —tal como hicieron siempre sus antecesores— y aprovecharlos de manera inteligente. Que hoy esos recursos sean étnicamente multidiversos —como ya lo fueron muchas veces antes— es solo una foto del momento europeo; que esa foto ahora esté enmarcada en el cuadro de los semifinalistas tiene que ver más con entrenadores inteligentes para superar con ciencia a equipos como los sudamericanos a los que antes les bastaba sólo el talento individual para triunfar. Fuente: www.semanaeconomica.com

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